Bristol en mayo: peregrinaje a la casa de Tony de Skins

Cuando el tiempo para entrar ya está todo lo estirado que se puede, se saltan la cola tres personas en silla de ruedas. El primer viaje lo da un chico de la aerolínea pasillo arriba cargando tres sillas plegadas. Mientras, hay tres compañeros suyos sin hacer nada pegados a la pared del fondo.

Voy a negro durante dos horas de vuelo y despierto ante un paisaje inundado de gris, que se abre al verde aburrido del Reino Unido. La ciudad me dice poco, casi nada. Me reciben mis amigos, que ya están allí. La única razón para venir aquí hoy.

El peregrinaje de Juan a la casa de Tony, el protagonista de la serie Skins. Skins es una serie que ni siquiera tuvo tanta relevancia a nivel de crítica, ni de público. Es una serie más bien de culto que tiene más de anécdota que de fenómeno de masas.

Skins se emitió en Channel 4 tan solo entre 2007 y 2013 y seguía las vidas tormentosas de unos adolescentes en Bristol. Drogas, trastornos de la conducta alimentaria, malas experiencias sexuales, absentismo, suicidio y abusos de todo tipo, Skins es gris, psicotrópicamente gris.

Hecha para un canal digital, con actores desconocidos y casi sin presupuesto, relata los horrores de la clase media derrotada, de las infancias arrebatadas y del limbo emocional de las adolescencias desatendidas. Ver esta serie es como un puñetazo a la promesa europea del estado de bienestar.

La casa de Tony está en un barrio residencial anodino, casi de cartón piedra, en un neo victoriano como de parque temático de Harry Potter. Cuando llegamos, más o menos al mediodía, no somos los únicos. Es un jueves y la casa está rodeada por cientos de veinteañeros que parecen competir por quién puede llevar más piercings juntos.

Tiene algo el romantizar la miseria, el transportarse con compromiso y determinación a mirar una fachada. Una puerta cerrada, grabada hace casi 20 años para retransmitirse sin demasiado entusiasmo. Por rellenar programación. Tiene algo de bello y de triste. De espejo. De ventana a la esperanza.

Editorial